Repensar el riesgo en la infraestructura global
En el mundo de la infraestructura, una palabra define el éxito o el fracaso más que cualquier otra: el riesgo. Durante décadas, los proyectos se han estructurado en torno a la idea de que el riesgo —tanto como lo permita el poder de negociación— debe transferirse: del propietario al contratista, del contratista al subcontratista y, finalmente, a los tribunales o a los tribunales arbitrales. Pero ¿y si el futuro de la infraestructura no depende de cuánto riesgo transferimos, sino de qué tan bien lo compartimos?
El modelo tradicional: transferir el riesgo como reflejo
Históricamente, en la mayoría de los contratos de América Latina —y prácticamente en todas partes—, la asignación del riesgo ha sido un ejercicio adversarial. Las partes entran a la negociación del contrato concentradas en transferir la mayor cantidad de riesgo posible, según las condiciones del mercado y el poder de negociación relativo.
Los propietarios buscan protegerse empujando el riesgo hacia abajo, muchas veces hacia quienes tienen menos capacidad financiera para absorberlo. Los contratistas, a su vez, incorporan esa incertidumbre al precio de sus ofertas. El resultado es predecible: costos más altos, reclamaciones constantes, proyectos que comienzan con la desconfianza ya incorporada y que con demasiada frecuencia terminan abandonados en largos procesos de resolución de disputas que pueden tardar años en determinar quién fue responsable de qué, mucho después de que el resultado pueda marcar alguna diferencia, salvo para quién se queda con la cuenta.
Este modelo, heredado de otra era, obliga a las partes a protegerse unas de otras en lugar de trabajar unas con otras. En un mundo donde los proyectos son más grandes, más rápidos y más complejos que nunca, este enfoque ha fracasado durante demasiado tiempo.
El modelo colaborativo: gestionar el riesgo juntos
Los modelos modernos de ejecución de proyectos, como el Design-Build y las asociaciones público-privadas, junto con herramientas de resolución de disputas en tiempo real como los dispute boards, están redefiniendo cómo se entiende y gestiona el riesgo.
En lugar de ver el riesgo como una carga de la que hay que deshacerse, estos modelos lo tratan como algo que se gestiona de forma colaborativa, mediante la comunicación, la rendición de cuentas compartida y la transparencia, apoyadas por mecanismos rápidos y eficaces para resolver disputas sin dañar las relaciones que deben seguir siendo productivas para que un proyecto tenga éxito.
- El Design-Build integra el diseño y la construcción en una sola entidad, reduciendo el riesgo de interfaz y acelerando la entrega.
- Los dispute boards brindan apoyo continuo y proactivo para prevenir conflictos antes de que escalen, manteniendo los proyectos en rumbo y preservando relaciones sanas entre los participantes.
- La contratación colaborativa alinea los incentivos, asegurando que el éxito sea compartido por todas las partes cuando el proyecto tiene éxito.
La diferencia es profunda: la colaboración convierte el riesgo de un pasivo en una herramienta de gestión.
El factor humano: cultura, comunicación y confianza
La verdadera colaboración requiere más que innovación jurídica; requiere evolución cultural.
En gran parte de América Latina, las relaciones impulsan las decisiones de negocio. Esto puede ser una fortaleza cuando la confianza es mutua, pero un desafío cuando las expectativas son poco claras o quedan difuminadas por las relaciones personales y los incentivos informales. Cerrar esa brecha requiere lo que a menudo llamo una “junta de expansión cultural”: el espacio donde la estructura jurídica y el entendimiento cultural se encuentran.
Cuando los gerentes de proyecto, los diseñadores y sus asesores aprenden a comunicarse entre disciplinas y culturas, el riesgo deja de ser un detonante de disputas y se convierte en un marco de cooperación.
Instituciones públicas y socios privados: una misión compartida
Para los propietarios públicos, adoptar modelos colaborativos de riesgo genera una transparencia y una previsibilidad que atraen inversión. Para los participantes del sector privado, significa comprometerse con la rendición de cuentas más allá del contrato, abrazando la ética, el intercambio de datos y la comunicación continua como partes integrales de la gestión del proyecto.
Reemplazar la “mentalidad de apalancamiento” por una “mentalidad colaborativa” requiere formación y compromiso en todos los niveles. Los funcionarios públicos deben entender cómo estructurar de forma eficaz las cláusulas de Design-Build y de dispute boards, y las empresas privadas deben aprender a usarlas de forma proactiva, no defensiva. Lo más importante: ambos deben entender por qué este cambio importa y el valor que entrega.
Esta alineación moderna es lo que permite que los proyectos entreguen no solo infraestructura física, sino algo igualmente vital: la confianza pública.
Una nueva mentalidad para la región
El desafío de América Latina no es la ausencia de innovación, sino la persistencia de viejos hábitos. Al repensar el riesgo y tratarlo como una responsabilidad compartida en lugar de un arma, podemos transformar cómo se entrega la infraestructura y cómo crecen las sociedades.
El futuro no pertenecerá a quienes mejor transfieran el riesgo, sino a quienes lo compartan con sabiduría, porque entienden y creen en los beneficios de hacerlo.
Y en ese futuro, la colaboración será el cimiento del progreso.