Cuando los proyectos definen vidas, no calendarios
En gran parte de América Latina, hablar de infraestructura no es un ejercicio técnico. Es un ejercicio moral. A diferencia de los países desarrollados, donde un proyecto fallido puede significar retrasos o incomodidad, en nuestra región el impacto es existencial: comunidades aisladas, hospitales que no se construyen, escuelas que no abren y acceso limitado a agua potable o electricidad. Es la diferencia entre inconveniencia y progreso y, en demasiados casos, entre seguridad y supervivencia.
Esa realidad fue el punto de partida de mi reflexión esta semana sobre los desafíos compartidos en el desarrollo de infraestructura.
La infraestructura como base de progreso
Carreteras, agua, energía y servicios públicos no son lujos. Son la base que sostiene el comercio, la salud, la educación y el crecimiento económico. Nuestros proyectos enfrentan tres grandes retos —un verdadero “CV” de vulnerabilidades— que determinan su destino:
Seguridad jurídica, que garantice contratos claros y ejecutables. Seguridad física, que proteja a trabajadores y comunidades. Seguridad financiera, que asegure que lo que se inicia, se termina.
-
Seguridad jurídica, que garantice contratos claros y ejecutables.
-
Seguridad física, que proteja a trabajadores y comunidades.
-
Seguridad financiera, que asegure que lo que se inicia, se termina.
Si cualquiera de estos elementos falla, el proyecto se tambalea.
La cultura de desconfianza
Uno de los problemas más críticos es la desconfianza institucionalizada que heredamos de episodios de corrupción —no solo por lo que ocurrió (o no), sino porque la desconfianza, que ya existía, hoy en muchos lugares es mayor. Este paradigma paraliza decisiones, retrasa órdenes de cambio, desalienta inversión y hace que cada trámite parezca sospechoso.
La pregunta es inevitable: ¿Cómo desarrollamos infraestructura en este ambiente? ¿Debe mejorar el ambiente? ¿O es una combinación de ambos?
Ingeniería latinoamericana: resiliencia y creatividad
Lejos de ser un problema de talento, nuestros ingenieros hacen más con menos. Operan en geografías complejas, con recursos limitados y bajo una presión social constante. El ejemplo de un puente en la selva peruana, construido con ingenio local para conectar comunidades aisladas, demuestra que la capacidad técnica existe. Lo que falta es un sistema que no castigue la gestión eficiente y transparente, basada en mejores prácticas internacionales.
Los Dispute Boards: una herramienta de prevención
En este contexto, los Dispute Boards han surgido como un mecanismo de prevención altamente eficaz. Su fortaleza radica en su simplicidad: comités conformados por profesionales capacitados y con experiencia relevante, que acompañan el proyecto desde el inicio, identifican riesgos y resuelven diferencias antes de que escalen.
El riesgo en América Latina no es “tropicalizar” el modelo, siempre y cuando esa adaptación respete sus valores esenciales y se ajuste razonablemente a los marcos legales y comerciales locales. El problema surge cuando se sobrecarga el sistema con capas regulatorias innecesarias o con normas que violan los “Principios de Oro” y las mejores prácticas internacionales. En ese caso, el modelo se desnaturaliza y se condena al fracaso —para todos.
El ejemplo peruano lo confirma: un Dispute Board evitó la paralización de una obra de saneamiento, permitiendo que una comunidad accediera a agua potable a tiempo. Cuando el modelo funciona, el impacto es real, medible y transformador.
Y hay muchos ejemplos más —en Perú y en toda la región— basados en información verificable, no en fábulas.
Responsabilidad compartida
Desarrolladores, contratistas, proveedores, funcionarios, organismos multilaterales y los profesionales que los apoyamos: todos jugamos un rol esencial. Las consecuencias de fallar no son abstractas; afectan vidas. Por eso la responsabilidad es colectiva y, en este campo, mucho mayor. La indiferencia no es una opción.
Humildad para aprender y mejorar
El camino requiere humildad. Nadie tiene todas las respuestas. El progreso sostenible se logra cuando aprendemos, corregimos, compartimos y construimos tradiciones de compromiso y colaboración.
Sembrar para cosechar infraestructura que transforme
La metáfora agrícola que utilicé en mi reflexión sintetiza la esencia del trabajo en prevención: sembrar hoy para que otros cosechen mañana. Durante quince años, un grupo de 8–10 profesionales —en su mayoría de la región— hemos sembrado prácticas de prevención y resolución temprana de disputas en infraestructura y construcción. Hoy esos esfuerzos florecen en instituciones más sólidas y proyectos que llegan a término.
Que la expansión del modelo siga creciendo en toda América Latina. Que sigamos sembrando infraestructura que dé luz, agua, salud, movilidad y oportunidades.
Porque en América Latina, un proyecto bien hecho sí transforma vidas.